La nueva cultura política en Puerto Rico

EDITORIAL DE ROGELIO AL NUEVO DIA
17-Septiembre-2007 | Rogelio Figueroa

Todos los días, en miles de conversaciones, se palpa una profunda transformación en lo que es la política en Puerto Rico. Hoy la gente habla de política, en vez de discutir por política, y llega a consensos que antes eran prácticamente imposibles.

Las nuevas conversaciones de pueblo que buscan en conjunto soluciones para los problemas comunes van derrumbando, rápidamente, la vieja cultura política tradicional que ha dominado a Puerto Rico, casi completamente, durante los pasados 35 años.

Esa vieja cultura política, hoy en vías de extinción, se caracterizaba por el concepto de un partido por cada alternativa de status y por la premisa de que había que “estar definido” sobre el status para participar en lo político. También se caracterizaba por la incondicionalidad que permitía la corrupción si ocurría en el propio partido, y que obstruía todo, incluso lo bueno, si venía de otro.

Se distinguía por el egoísmo que ignoraba el bien común y, por lo tanto, permitía la marginación de grandes sectores sociales y la destrucción del ambiente.

En esa cultura política, nuestro progreso pleno dependía de “resolver el status”, y era común culpar la “indefinición del status” por todos los males del país, desde los perros callejeros hasta el precio del arroz.

Entre los últimos vestigios de la vieja cultura política se encuentran programas de “análisis político” creados y fomentados precisamente para mantener la naturaleza divisionista de los partidos por status en la discusión pública. También promueven la percepción de impotencia política los ataques personales, las quejas, los lamentos y el ambiente hostil en un intento de cerrar las puertas a nuevas personas, estilos y propuestas.

Estos programas demuestran la resistencia obstinada de aquellos en el poder político -que a su vez son jefes de muchos de los analistas- a aceptar que nuestra cultura política se está transformando aceleradamente y que necesitan revisar su discurso.

Efectivamente, lo que dicen estos programas es muy distinto de lo que escuchamos a diario en la calle, en la cafetería, en la oficina, en la reunión familiar y, más formalmente, en los diálogos ciudadanos organizados.

Hoy, para un número creciente de puertorriqueños, las prioridades son un sistema educativo que funcione para todos, la salud, el transporte colectivo, las ciudades habitables, el desarrollo económico sustentable, las oportunidades como solución a la violencia y el crimen, y la protección del ambiente.

Cada vez más personas vemos la unidad de pueblo y la prosperidad como el paso necesario para la resolución del status y rechazamos que sea el status una condición indispensable para la prosperidad, como defendió por décadas la vieja cultura política.

La nueva cultura política es una versión moderna del fenómeno que vivió Puerto Rico del 1940 al 1972, cuando el pueblo se unió políticamente en pos de un proyecto socioeconómico mayor. Mediante una mayoría política con unidad de propósito, los puertorriqueños salimos del estancamiento social y económico y creamos un país que floreció. Además de en conversaciones, la búsqueda de unidad se repite hoy en el activismo ciudadano que ha puesto de relieve el abismo que existe entre los intereses ciudadanos y los de la clase política tradicional.

Ante la falta de respuesta y voluntad política, más y más activistas están decidiendo ser, ellos mismos, la alternativa electoral que satisfaga esos reclamos.

Mientras que en otros países llegar a este punto ha requerido violentas luchas, en Puerto Rico hemos sabido buscar pacientemente la herramienta adecuada para el cambio.

Hemos escogido el proceso democrático pacífico que tanto apreciamos para allegarnos al poder político y así crear el país que queremos.

La nueva cultura política en Puerto Rico es una realidad. Ya hemos empezado a ver sus frutos: un pueblo cada día más libre de la desunión y la intolerancia, que articula decidido su deseo de un país funcional con oportunidad para todos y asume su responsabilidad de participar para crearlo.

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